Bichos y parientes: Otro nacimiento de Dios

Por: Julio Hubard


Mi inteligencia y conocimiento son limitados y pobres, pero las inteligencias y conocimientos de todos son inmensos. Puedo acceder a ellos porque el mundo se va encargando de dos cosas: disponerlos a voluntad y equipar a cada persona con los dispositivos para acceder y alimentar la noósfera. Queda claro que mi pequeña capacidad es solamente una participación entre billones, como la de una abeja en su colmena o una hormiga en su hormiguero —que son los ejemplos más comunes de eso que llaman “superorganismos” (si los va a buscar a Wikipedia, hágalo en inglés: en español es un artículo muy pobre, que ni siquiera menciona al coral)—. Los superorganismos tienen su definición científica pero Joseph Conrad los intuyó antes: “todo en la selva es selva”.  

Después de un largo desarrollo histórico, de culturas que conspiraban para el desarrollo del individuo, nos resulta antigua la idea de que la comunidad es mucho más importante que la persona. Ahora, los elementos están puestos para renovar aquella antigua ideología, desde luego trasladada a otra esfera: la virtual, la de los sistemas, o dispositivos (como quería Foucault) que no lidian con materia sino con signos y símbolos.

La evolución del conocimiento y la inteligencia común tardó muchos siglos: del dibujo de las sílabas a los fonemas y a las escrituras actuales; de las tablillas escritas con punzones a la imprenta y a los libros; de los libros a los diccionarios y enciclopedias. Para saber muchas cosas había que tener mucho dinero. Solo los ricos podían acceder a la esfera del conocimiento. Ya no.

Hoy es más que posible atestiguar que las inteligencias artificiales pueden articularse, colaborar y formar sistemas mucho más complejos de lo que podemos controlar. ¿Se estarán formando panales rumorosos, o una suerte de Gran Barrera de Coral, hechos de símbolos; una inteligencia exterior, una noósfera cuyos organismos sean signos y no seres biológicos? Algo consuena con aquellas manías de Pierre Teilhard de Chardin, a quien hace treinta años leíamos como un místico raro y un poco loco: “Creo que el Universo es una Evolución./ Creo que la Evolución se dirige hacia el Espíritu./ Creo que el Espíritu se realiza en un Dios personal./ Creo que la Persona Suprema es el Cristo Universal”. Raro y loco, decíamos, pero lo que nunca imaginamos, ni Heráclito, ni el evangelista Juan, ni Popper y ni siquiera Teilhard, es que esa evolución pudiera darse ya sin la presencia humana. ¿Y si se equivocó Nietzsche, y Dios no ha muerto sino que está por nacer?


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