Café Madrid: Verano

Víctor Núñez Jaime
periodismovictor@yahoo.com.mx


El despiadado verano ya está aquí. Pero como uno no se ha ido a la playa, dan ganas de no moverse del sofá mientras el aire acondicionado está a toda potencia. El aire, sin embargo, no ayuda mucho porque el calor de estos días es tan intenso (40º C) que el cansancio y la somnolencia invaden el cuerpo y acaban tumbándonos la cabeza. La tele tampoco nos impulsa a reanimarnos. Todos los canales están llenos de tertulias gritonas sobre política o chismes. Que si la corrupción, que si la independencia de Cataluña, que si Donald, que si Maduro, que si los heridos por los toros en Pamplona, que si los hijos ilegítimos de Salvador Dalí y Julio Iglesias, que si el éxito global de “Despacito”. Así que para no alimentar rencores hacia personajes públicos y privados (y el aluvión de ideas violentas para acabar con ellos), siempre quedan los periódicos y los libros.

Uno tiene su nivel, pero una dosis de cultura general nunca está de más. Y si hay que achicharrase, que sea bien ilustrado. El problema es que en esta estación del año los periódicos pesan menos y suelen ser más superficiales. De todos modos siempre está bien enterarse de cuál es el último bosque incendiado o de cuál es la mansión recién asaltada porque sus habitantes se han ido de vacaciones y no han puesto la alarma. No obstante, el otro día preferí sumergirme en Personajes, de Indro Montanelli, porque, como bien dicen los intelectuales, “en verano hay que aprovechar para releer a los clásicos”. En eso estaba cuando, de pronto, sonó el teléfono. Era mi amiga Paloma. “¿No estarás viendo una de esas pelis del Oeste falso, no?”, dijo en referencia a los largometrajes que se hacían en Almería (Andalucía) y que a veces veo para darme un atracón de kitsch. Me invitó a El Escorial (al noroeste de Madrid), donde un escritor famoso clausuraría uno de esos cursillos que abundan esta temporada y, sobre todo, rompería el silencio sobre uno de sus viejos amigos, al que un día le dio un puñetazo y nunca más le habló (¿cuál? Lo siento: esto es una columna cultural, no el ¡Hola!).

Quedamos de vernos en Atocha para irnos juntos en tren. Salí de casa y me fui caminando a su encuentro porque para subirse una tarde de calor infernal al metro, donde desprecian el desodorante, hay que tener mucho valor y, últimamente, yo ando escaso. Además, supuse que después de mi encierro estival me sentaría bien respirar una buena dosis de monóxido de carbono, mientras iba por la calle esquivando enjambres de turistas coloraos. En el auditorio de El Escorial abundaba la muchachada universitaria, esa que anda buscando tema o personaje para su tesis, y también los fotógrafos porque, desde que el afamado escritor se relacionó con la reina de la socialité, una sucesión de clics ameniza su vida. Total: ahí, en medio de una frescura artificial, se habló de literatura y de política, pero nada de lo que todos esperábamos. Por más esfuerzos que hizo su interlocutor, el intelectual que presidía el escenario se atrincheró en su actitud de “mejor no digo porque luego se sabe ” y se resistió a revelar el meollo de su antológica enemistad o su posible arrepentimiento o sus posibles intentos para arreglarla. A lo mejor la culpa es del verano, que aumenta la temperatura y baja el nivel de las grandes conversaciones.


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